Mi viejo…

Por Karelia Álvarez Rosell

Foto: Víctor Piñero Ferrat

Qué manera de extrañarte, mi viejo. Te me fuiste cuando todavía te quedaban fuerzas para seguir enfrentándote a molinos de vientos como todo buen Quijote, hacer la obra cada vez mejor por no creer en imposibles y guiar a la familia como buen capitán de navío, ese que sale airoso de cada travesía a pesar de las tempestades porque el amor y la unidad todo lo pueden.

No hay un día, una hora, un minuto que no te piense y dibuje, al punto de ponerle algunas arrugas a tu piel negra, ya no tan tersa por el paso de los años y de la cual te enorgullecías, sin olvidar que por ese color de tez fuiste discriminado antes de que los barbudos  entregaran a los cubanos de antaño y hoy una Cuba con todos y por el bien de todos.

Busco a mi Tata, como lo llamaban cariñosamente, en el abuelo que va al mercado, lleva al pequeño de casa al círculo infantil, juega a escondidas en el charco con la nieta, frunce el seño cuando los pasos se salen del camino correcto o en el barrio juega dominó y se pega con el doble nueve.

Siempre fue muy ocupado, con incontables responsabilidades, pero  buscó el tiempo para el juego, los libros, los estudios, el regaño oportuno, el baile y el consejo, aunque en ocasiones me dejó tropezar porque “nadie escarmienta por cabeza ajena”.

Así son los papás, veladores y educadores innatos de sus hijos, por eso me enfado cuando dicen que “padre es cualquiera”, porque ellos, junto a mamá, se levantan en la noche cuando el bebé llora, lo alimentan al tener hambre, llevan a la escuela, pasan noches en vela si arden en fiebre, ensanchan sus sueños, ahuyentan tristezas, alimentan sus fantasías…

Con sapiencia nos enseñan lecciones para la vida, a estimar la familia, el conocimiento, los amigos, la tenacidad, la patria, la valía de la modestia porque como dijera Martí, quien lleva mucho dentro necesita poco afuera.

No hay un segundo que no evoque a mi viejo, quien más allá de su carácter fuerte, me acompaña –y así será hasta el final de mis días–por enseñarme los tiernos colores de la bondad y la ternura.

 

 

 

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