Sin desmemoria

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Por Karelia Álvarez Rosell
Son tiempos de restablecimiento de relaciones diplomáticas. Ya hace más de un año desde aquel 17 de diciembre del 2014 cuando ambos presidentes lo anunciaron, pero como bien dijo el cantautor cubano Silvio Rodríguez aún “quedan heridas abiertas” entre Estados Unidos y Cuba.
Cuando pequeña me resultaban ajenos las discrepancias y ese engendro llamado bloqueo, luego, con el decursar de los años y la preparación alcanzada, logré entender que las maquiavélicas pretensiones contra mi pequeña nación, llamada “fruta madura”, venía desde los comienzos de los años 1700.
Desde entonces mucho ha llovido hasta acá. Varios han sido los presidentes posicionados en la Casa Blanca, pero la política hacia mi país sigue siendo la misma, la de hacernos rendir por hambre por la simple y digna razón de querer ser libres e independientes.Y para alcanzar sus propósitos ¿cuántas barbaridades, zancadillas y violaciones de derechos? Hasta el más elemental como lo es vivir con decoro, sin tantas limitaciones y privaciones; así hemos crecido a pesar de los ingentes esfuerzos de esta nación carente de una economía fuerte para desarrollarse y consolidar un proyecto social con todos y para el bien de todos.
Es verdad, son tiempos de relaciones. Y soy de las que aplaude por considerarlo dialéctico. Son muchos años de tirantez cuando ambos pueblos por su cercanía pueden beneficiarse con el intercambio comercial.
Considero que la grandiosidad del género humano radica, entre otras cuestiones, en el respeto a la diversidad de percepciones, culturas, ideas y creencias; así como al saludable reconocimiento a lo ajeno como garantía de un acontecer más creativo y armonioso.
El respeto no admite imposiciones, camisas de fuerzas, muros ni dogmas únicos. Si es así, entonces ¡Viva la amistad entre Cuba y los Estados Unidos!; sin embargo, no podemos apelar a la desmemoria, al punto de olvidar la historia, cuánto hemos padecido por la abominable política del gobierno estadounidense.
A nosotras, las mujeres, la vida se nos ha hecho mucho más diabólica con tantas carencias, sobre todo en los cruentos años del período especial, cuando en verdad mostramos cuánta valía llevamos dentro al saber compartir el pan entre todos los miembros de la familia.
Al menos yo todavía llevo heridas que sangran por los atentados, las madres e hijos que todavía lloran por sus familiares víctimas del terrorismo (recordemos el crimen de Barbados), la introducción de plagas en tan decisorio sector como la agricultura o en la década de los 80 del dengue hemorrágico, considerado como una guerra biológica de Estados Unidos contra Cuba.
Los pasos de acercamiento entre las dos naciones nos ubican ante un nuevo escenario. Ya se reabrieron embajadas, modifican medidas relacionadas con el bloqueo, pero no lo eliminan en su totalidad como tampoco devuelven la basa naval de Guantánamo y en breve le daremos la bienvenida al presidente Obama, el primero que nos visitará luego del triunfo revolucionario; no obstante, la historia no se puede borrar.
Ya lo decía Silvio en su blog Segunda Cita: “Es la oportunidad de terminar con los abusos. El cubano merece la recompensa de vivir mejor, con menos tensiones y dolores”. Y como somos personas de paz miramos con buenos ojos tan importante proceso, pero sin desmemoria.

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