Llegar hasta las entrañas del engendro

Por Karelia Álvarez Rosell

¿Por qué ustedes quieren que Estados Unidos comercialice con Cuba, el gobierno norteamericano no está obligado a hacerlo? Precisamente hoy, cuando en la actual sesión de la Asamblea General de Naciones Unidas (ONU) se someta a votación el informe presentado por el canciller cubano Bruno Rodríguez, pienso en esta interrogante que me hizo desde la red social de Facebook alguien que radica en Italia.
En aquel entonces no fue tan abarcadora como lo pretenderé hacer en estos momentos. Le manifesté que su pregunta tenía cierta lógica porque cada nación se arroga el derecho no solo de establecer relaciones diplomáticas con los países que considere sino también de determinar con cuáles podría tener vínculos comerciales y de intercambio.Considero que mi pueblo, este que por más de cinco décadas sufre en carne propia las secuelas de una política hostil e inhumana, no pretende imponerle a los Estados Unidos el comercio con Cuba, aun conociendo las ventajas que para ambas naciones ello representaría.
La preocupación de este supuesto “amigo” de Facebook me conduce a preguntar ¿se sabrá en verdad la esencia del injusto bloqueo económico, comercial y financiero contra este verde caimán que tan solo desea materializar su proyecto social sin injerencia extranjera?
Considero que no todos han llegado a la médula de tan brutal engendro. No se trata tan solo del comercio entre Cuba y los Estados Unidos, sino de las sanciones que este último le impone a terceros países o a empresas extranjeras por negociar con entidades o firmas locales.
¿Cómo explicar la multa a la empresa estadounidense Great Western Malting Co., una de las mayores proveedoras de cebada, por realizar transacciones con La Habana? A través de un comunicado, la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro (Ofac, por sus siglas en inglés) obligó a la corporación a pagar un millón 347.750 dólares por permitir la venta de cebada a Cuba entre agosto de 2006 y marzo de 2009.
Washington ha sancionado a otras empresas estadounidenses y extranjeras en 2012, por presuntamente violar las regulaciones establecidas en el bloqueo contra la mayor de las Antillas.
A mediados de junio fue multada con 619 millones de dólares el banco holandés ING, por facilitar transacciones con entidades cubanas.
En mayo, el Departamento de Comercio estadounidense multó a la compañía sueca de telefonía y redes móviles Ericsson, específicamente a la sede de esta empresa en Panamá, por un millón 750.000 dólares, al considerar que vulneró las restricciones de exportación por Washington contra Cuba, desde hace 50 años.
Los ejemplos sobran. Las empresas que intentan comerciar siguen siendo penalizadas. Ese fue el caso de la compañía Varel Holding. El despegue y los buenos augurios en la industria petrolera cubana continúan recibiendo zancadillas y, por eso, Washington le impuso una multa de 110 000 dólares a esta firma que fabrica barrenas para las perforaciones petroleras.
Tal arbitraria política es mucho más cruel de lo que pudiera parecer y para comprenderla mejor no solo se precisa hurgarla para llegar a sus verdaderas entrañas sino que se precisa vivir el día a día de los cubanos, quienes a pesar de los obstáculos seguirán apostando por Cuba y su Revolución.

 

 

 

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