El privilegio de envejecer

Por Karelia Álvarez Rosell
A mi abuelita Hilda las piernas ya no le acompañan. No es para menos, si a sus más de nueve décadas de existencia padece de una artrosis muy avanzada que la obliga a auxiliarse de un andador; pero eso sí, no hay quien le gane ensartando el hilo en la aguja porque tiene una visión envidiable.
Por su parte, mi madre, a quien no me canso de llamarla” panetelita borracha” aunque sea abstemia porque es toda dulzura, no se cansa de lamentarse por los achaques acumulados en sus setenta y dos años; sin embargo, su vitalidad la convierte en una de las longevas más andariegas de este cachito de tierra.Quizá ellas ni todas aquellas personas que sobrepasan los 60 sepan que albergo en mi interior una envidia sana, por supuesto, porque llegar o sobrepasar edad es un gran privilegio, pues atesoran una acumulación de vida, experiencia y nobles sentimientos.
A ellos la Organización de las Naciones Unidad les dedica un día desde 1990 y esa jornada se conmemora en los países de muy diversas formas; en Cuba, por ejemplo, lo hacemos de una manera muy singular, favoreciendo la toma de conciencia del envejecimiento activo.
En el país no hay que esforzarse mucho para observar por las calles cuántos hombres y mujeres van encaneciendo; los movimientos se tornan cada vez más lentos al traspasar esa intangible portada de los sesenta que agudiza la picardía de algunos, envanece a otros e inquieta a todos: ¡suman casi dos millones y medio!
A esa edad, e incluso, hasta después muchos mantienen su vínculo laboral, pues les molesta quedarse arrinconados en el hogar como también andar con la jabita colgada del brazo para tan solo ir en busca del pan o permanecer pendiente de cuanto llegó al mercado porque insisten en mostrar el brillo de su luz.
Y el hecho de que todavía a esa edad se mantengan activos está relacionado con múltiples factores, en especial por la atención comunitaria que cubre todo el territorio nacional, los servicios médicos gratuitos, en fin… al proceso revolucionario. Recordemos que antes de 1959 la esperanza de vida era inferior a los cincuenta y cinco años, y actualmente supera los 77.
En días como hoy no solo me place mirar, ayudar, comprender, besar, mimar y peinar a mis “viejitas” sino también exhortar a las familias a brindar el mejor de los cuidos a estas personas que con desmedido cariño nos llevaron de la mano por los vericuetos de la vida.
A quienes lucen arrugas tan solo les recuerdo un legado de la Madre Teresa de Calcuta: “Cuando por los años no puedas correr, trota. Cuando no puedas trotar, camina. Cuando no puedas caminar, usa el bastón… ¡pero nunca te detengas”.

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