Qué venga la fiera…

Por Karelia Álvarez Rosell

“Qué venga la fiera, que la estoy esperando”, fue la expresión dicha por mi vecino Mariano cuando este Primero de Junio anunciaron por nuestros medios de comunicación el comienzo de la temporada ciclónica.
Ayer solo tocó a la puerta de mi casa para mostrarme cómo se afilaba los dientes para recibir a esos huracanes que se empecinan en convertir a nuestra pequeña islita, bañada en las aguas del mar Caribe, en un pasadizo obligatorio.
No tuve más remedio que reírme al verlo con martillos, clavos, sogas, tablas, cartones y hasta con cajas de velas “porque esta vez los santos no me pueden abandonar como lo hicieron la otra vez, cuando el viento de Gustav, bien furioso, arremetió contra la ventana del patio y me empujó, con refrigerador y to´, hasta la sala… poco faltó para salir volando como Matías Pérez.”Ahora nos reímos, pero créanme, aquello estuvo feo, los de mi generación nunca habíamos visto cosa igual. Recuerdo que mi mamá, la pobre, se orinó en los pantalones y hasta cayó al suelo desmayada debido al miedo provocado por el temporal; yo había perdido comunicación con ella y mi hermana, poco diestra en tales menesteres, corría de un lado para otro sin saber qué hacer.
Gracias a la experiencia acumulada y a la concepción de que aquí lo más importante es la vida de las personas, no hubo muertos; sin embargo, sí sobraron temores, lágrimas, angustias por las viviendas, los techos o equipos electrodomésticos perdidos o dañados, muchos de los cuales han sido repuestos, como centros educaciones en el campo hoy cobran rostros de hogares para cobijar a quienes quedaron bajo la lluvia en aquel entonces.
Ahora, al cabo de casi tres años, sonreímos de los residentes en las cercanías del río Las Casas, donde el agua subió, subió tanto que los pobladores se encaramaron en el techo para pedir… ¡Auxilio..!
Todos transformaron el semblante cuando vieron que una patana venía río abajo, pensaron en el rescate y la salvación; desconocían que esta “mole de hierro” había perdido el rumbo y buscaba puerto seguro. ¿Cuál?, por suerte un poste de hormigón porque de lo contrario muchos de la vecindad no estuvieran vivos para hacer el cuento.
Si bien Gustav ha sido uno de los que más ha hecho estragos por mi territorio, nuestros padres no olvidan al ciclón Flora y quienes vinieron mucho después a Michelle (2001), Charley e Iván (2004), Dennis (2005), además de Ike y Paloma (2008).
En otras regiones del mundo azotan los deshielos, los tsunamis o los terremotos, pero acá, en la Isla de la Juventud, son los ciclones, definidos como un enorme sistema de vientos, que junto a nubes de tormentas y lluvia, giran alrededor de un centro de bajas presiones en sentido contrario a las manecillas del reloj en el hemisferio Norte, y éstos pueden clasificarse en depresión tropical o huracanes, según la velocidad de sus vientos.
Para la actual temporada los especialistas no descartan la posibilidad de la visita de tales fenómenos y hasta hablan de nombres: Bret, Cindy, Don, Emily, Irene, José, Lee, Rina y Katia, como mi hermana, ¿sabrá ella que tiene posibilidades de ser un huracán? Le avisaré para que no la coja desprevenida, de todas maneras, esperamos la fiera con los dientes bien preparados, aunque si pueden entretenerla, mucho mejor.

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