De pregones, algarabías y otros demonios

Por Karelia Álvarez Rosell
“¡Compre su pan aquí!, vamos que está calentico”, escucho desde el último cuarto de mi casa. Cuando no han pasado ni quince minutos, aparecen más pregoneros que gritan sus productos a todo pulmón: “Mantequilla….”, “se arreglan fogones de gas al momento y con buena calidad”, “se acabó el abuso, le traigo malanga, pepino, ajo, frijoles negros y colora´o”…Así, muchas veces, amanecemos en Nueva Gerona, la capital de esta islita de Cuba bañada por las aguas del mar Caribe, pero cuando una menos lo espera alguien vocifera de esta manera: “Yane… baja que llegó papa a la placita”.
Y por si fuera poco la adolescente de la escalera continua a la mía puede sumarse a las algarabías al poner el equipo de música a todo volumen y si como no le resulta suficiente aprieta el botón del bajo de tal manera que los cristales, puertas y ventanas de los apartamentos llegan a vibrar.
Todos en la vecindad estamos obligados a escuchar no solo los pregones sino también la música estridente, no importaba si el niño recién nacido de la barriada despierta ni los achaques de la viejita en cama o el dolor de cabeza de Rebeca, tan solo interesa la preferencia de la muchachita, quien no demora en recibir de alguna manera el malestar de los afectados debido a la detestable resonancia.
Con frecuencia presenciamos y somos víctimas de atropellos similares, ya sea en la calle, el supermercado, el edificio, la guagua, en fin… los lugares pueden ser diversos y propicios, porque los cubanos además de solidarios, patriotas, alegres y luchadores somos bullangueros y, muchas veces, muy prestos a las indisciplinas sociales.
Al menos yo considero que hay un exceso de algarabía en nuestra cotidianidad, donde a diario tropezamos desde con la estrepitosa música de un bicitaxi (esos triciclos armados por la gente para paliar el déficit de transporte) hasta el automóvil que aprieta el claxon tan solo para llamar la atención de los peatones o el compañero que por tal de no subir hasta un quinto piso comienza a vociferar desde la acera: “Arrrmaaando…”
Los especialistas catalogan al ruido como una de las modalidades  agresivas de contaminación ambiental. Su exceso en el entorno no deja tan solo simples secuelas, pues van más allá de la molestia o la mera agresión.
Ellos son del criterio que afecta la capacidad auditiva, a lo cual se une el impacto negativo en la calidad de vida de las personas; además del malestar que causan debido a su sistematicidad.
Según la Organización Mundial de la Salud, el oído humano está concebido para soportar, cuanto más, 120 decibeles; sin embargo, recomienda un entorno sonoro de 30 decibeles para que las personas puedan conciliar bien el sueño y 50 para desempeñar de manera adecuada una actividad determinada en estado de vigilia.
La familia y la sociedad en su conjunto tienen mucho que hacer, están llamadas a fortalecer la educación y el respeto entre los pobladores. Hasta desde el punto de vista legal podrían legislarse leyes que obliguen a regular, como en otros países, estas algarabías que tanto molestan y dañan la salud de no pocos cubanos.

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