Qué pacto entre madre e hijas

Por Karelia Álvarez Rosell
Anoche mis hijas y yo hicimos un pacto. Nos ayudaríamos en los deberes del hogar para acostarnos las tres en la cama en aras de conversar un poco y hacer de las nuestras: “Trato hecho”, les dije porque en realidad lo necesitábamos, pues a veces la cotidianidad nos envuelve y una por minutos no se percata de que existen personitas a nuestro alrededor reclamando su atención.
Los temas fueron diversos, abarcaron desde el disfrute de las últimas vacaciones hasta cuándo papá y mamá se conocieron, los juguetes como ese cerdito rosado que le regalaron a la chiqui y ahora nombra Poli, de los secretos de ambas con su “Abue”, los enredos de adolescentes, los novios y lo importante de disfrutar a la familia por ser uno de los mayores tesoros de cualquier ser humano. Bueno, al menos eso lo aprendí de mis padres.Así, entre charlas, cuentos infantiles, cosquillas, enfados y risas desarrollamos nuestro encuentro. Tendidas en la cama, no recuerdo por qué, salió a relucir en cómo fue mi adolescencia y juventud, esa etapa de mi vida que recuerdo con agrado porque fue esplendorosa, talmente parecía como si nunca fuera a agotarse.
Claro, corría la década de los 80, una época en que Cuba destilaba más alegrías que necesidades. Y comienzo yo a mencionarles todo el avituallamiento que nos daban cuando entrábamos en la secundaria, el preuniversitario y hasta en la Universidad.
“Pero… todo eso”, me dice una de las nenas cuando hablo de uniformes gratuitos, libros, libretas, aseo personal, ropa interior, colchas, sábanas, mosquiteros, calzados para la docencia y las labores productivas, en fin… una escuela inmensa, donde “los profe” se ocupaban no solo de colmar nuestras mentes de conocimiento sino también de consejos y seguridad porque la familia quedaba en casa durante una semana.
Y le conté de los “quicos”, esos zapatos plásticos que complementaba el uniforme escolar en la enseñanza Media o Preuniversitaria, esos que todos calzábamos con orgullo y dábamos candela –de manera moderaba, por supuesto– para hacerlos relucir.
Las historias vividas en las cortinas de viento conformadas con nuestro endémico árbol, el Pino, y en esas plantaciones citrícolas que en aquel entonces invadieron el territorio y nosotros ayudamos a fomentar con esfuerzo y travesuras.
No faltaron los comentarios relacionados con las salidas al parque Guerrillero Heroico, el principal del terruño y que hoy saluda a cuanto forastero aparezca por acá por haber recuperado su glorieta, donde asaltábamos el amanecer, sudorosos debido al baile en las ruedas de casino.
Fue una etapa divina, sana, en la que descubrimos lugares encantadores junto a nuestros padres y amigos en cualquiera de las provincias; para explorarlos no hacía falta una billetera tan abultada porque para entonces el dinero, nuestro peso, tenía más valor.
De confituras, como esas mandarinitas azucaradas y de los supermercados abarrotados con compotas, jugos y comidas, también les hablé como de otros beneficios que los de mi generación disfrutamos como parte de ese proyecto social, con base socialista, que hoy defendemos aún cuando Cuba muestre un rostro algo desaliñado.
Es verdad que los vientos son diferentes, a mi nación le han tirado a matar y desde adentro también se le hicieron grietas, de ahí que el monedero cada vez está más tenso, muchas generaciones se unan en una apretada casa o apartamento, afloren las desigualdades, las carencias…
Sin embargo, a pesar de la estrechez económica y ese obstinado deseo de los del Norte de estrangularnos de cualquier forma, el país siguió con toda su gente a cuesta, enseñándola a pensar, protegiéndola, curándola; no la abandonó.
Acá, la gente no se muere –y mucho menos ahora que decidimos despojarnos de lo malo– ni se arrincona a llorar porque durante estos tiempos difíciles aprendimos a vencer los infortunios con criollismo e inteligencia.

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