Un monumento para las cubanas

Por Karelia Álvarez Rosell
–Los puercos se merecen un monumento. Le escucho decir a una mujer que va en su bicicleta con una tanqueta llena de comida hacia la cochiquera colectiva donde engorda a su cerdo, que cuando le de cría matará para venderlo y así poder arreglar la cocina de su casa; sin embargo, otra al escucharla, contesta:
–Puede ser porque mira que uno resuelve con esos animalitos pero en verdad quienes se lo merecen somos nosotras, las mujeres… y ahí comenzó a enumerar una serie de razones que a su consideración nos avalan para merecer tan alto reconocimiento.A mí no me quedó más remedio que sonreír y hasta apoyar con mis dos manos en alto esa proposición, pues en realidad somos sorprendentes, únicas y extraordinarias; fieles exponentes de la resistencia y el sacrificio.
Es que Cuba, aunque sin tener una economía sostenible nos ha amparado y brindado a todos por igual las mismas oportunidades y posibilidades, se ha desenvuelto en una cotidianidad difícil, debido a un recrudecido bloqueo con impacto en el modo de vida de los pobladores y a errores e ineficiencias nuestras.
Pero sin lugar a dudas todos estos problemas han tenido una mayor incidencia negativa en las féminas, por nuestra doble jornada que aunque se batalle por desterrarla todavía está ahí latente y por el rol que desempeñamos en la crianza de los hijos; así como en la familia y en la planificación económica del hogar.
Hay imágenes que me resultan difíciles de borrar cuando así, de repente, llegó al comienzo de los años 90 el período especial, una etapa caracterizada por carencia de recursos indispensables para la vida y necesidades que nos obligaron a apelar a la ingeniosidad del ser humano.
Las tiendas, en un abrir y cerrar de ojos, quedaron casi vacías, el dólar se disparó a más de 100 pesos, el valor de la moneda nacional se fue a bolina y apareció un mercado subterráneo donde la gente le ponía el precio que considerara a cuanto producto  apareciera, por supuesto exorbitantes, recordemos que a río revuelto, ganancia de pescadores.
Muchos de los balcones de los apartamentos de los edificios multifamiliares de este territorio fueron convertidos en espacios propicios para armar fogones improvisados con carbón ante la escasez de combustible de cualquier tipo; en otras regiones del país ni la leña verde daba abasto.
Así elaborábamos los alimentos y… otra tragedia, ¿qué cocinar? Era todo un tormento, una angustia. Por acá muchos hasta llegaron a inventar el bistec de de toronja, ese cítrico que hasta entonces florecía en los campos para la exportación y la industria a fin de la elaboración de jugos concentrados.
Muchos jardines, bien atendidos y florecidos, desaparecieron porque resultaba de vida o muerte ocupar tales terrenos con viandas, hortalizas u otros productos agrícolas que pudieran enriquecer los menús del día.
De igual manera las mascotas empezaron a variar; no fueron pocos los que prefirieron quitarle la soga al perrito o al gato de casa para colocársela a un puerco, quien cada vez más le robaba el escenario al mejor amigo de hombre.
A cuántos ingenios no tuvo que acudir la mujer para poder alimentar a los críos y la familia, pero no solo para que ningún integrante del núcleo familiar fuera a la cama sin probar bocado alguno sino también para el aseo diario, calzar, vestir y, por si fuera poco, mantener la armonía en medio de tantas limitaciones.
Siempre he dicho que si la familia cubana no se desmembró en esos cruentos años, decisivos para la subsistencia de mi cubita la bella, fue debido a la entereza, inteligencia y perspicacia de las compañeras, quienes postergamos algunos sueños pero nunca las ansias de vivir y luchar por los nuestros.
Por eso y otras razones es que yo también solicito un monumento para las cubanas, a quienes nadie puede hablarles de sacrificio porque durante todos estos años más que llorar por los rincones aprendimos que cuando la vida nos da limones, pues preparamos mejor una suculenta limonada.

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